enero 01, 2004

TEMPUS FUGIT

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Siempre se escapa saltando de rama en rama o de tejado en tejado, procurando no estar al alcance de cualquiera al que se le antoje encerrarlo entre cortinas. Va y viene como si tal cosa, devorando los pomos de las puertas y tosiendo por debajo de los coches cuando las ruedas empiezan a oprimirle. Si te atreves a mirarle, él te sonríe o te araña, se queda a merendar o desaparece. Siempre sale, siempre, con algún recuerdo los domingos por la tarde y van de la mano por las calles, los parques, las fuentes y las caras de los transeúntes que les miran, tal vez, con ojos curiosos y puños polvorientos.

En sus ratos libres, dicen, se dedica a coser imágenes unas con otras sin orden aparente. Las atrapa con su pico blando, las alimenta hasta que crecen con paciencia de madre y cuando aprenden a caminar y correr por sí mismas, las coge de una en una y las une con hilo transparente, hermanas con hermanas, en un abrazo inmenso que desordena todo. Alguna de ellas, las más pequeñas y revoltosas, logran escapar de vez en cuando y aletean incesantemente de dentro a fuera de uno mismo. Él intenta cogerlas con gestos nerviosos, consiguiéndolo a veces, pero muchas de ellas se escurren entre los dedos y acaban en el desagüe del vecino de abajo o en las estanterías de alguna biblioteca.

Cuando empieza a sentir el peso de la noche prefiere apagar las luces e instalarse de improviso bajo la almohada de algún desperezado, hablarle quedo al oído, colarse por sus poros, extraer las lágrimas del fondo y bebérselas en una copa de vidrio transparente, darle las buenas noches como lo hacía su madre o su abuelita e irse de nuevo como una sombra por la rendija de debajo de la puerta. Aunque algunas veces decide instalarse una temporada, cuando le ha parecido horriblemente hermoso o triste y no ha reunido fuerzas para arrastrar la maleta y sacar el billete de ida. Es en esas ocasiones cuando se vacían las paredes y el sol parece estar digiriendo a la luna, anclados para siempre en el mismo punto de hace horas, días, quizá meses. Pero es sólo en apariencia. Él lo sabe, no debe parar nunca de moverse, como un corazón inquieto que busca siempre su oxígeno y no cesa porque es joven y fuerte y tiene vida.


Nuria Barea
Relato ganador del Concurso de Relato Corto organizado por Lobotomia (2004).

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