noviembre 15, 2010

CHARLES BAUDELAIRE

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Dios es el único ser que para reinar no tuvo ni siquiera necesidad de existir.

Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos del hombre: el derecho al desorden y el derecho a marcharse.

El odio es un borracho al fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida.

El amor es un crimen que no puede realizarse sin cómplice.

Para trabajar basta estar convencido de una cosa: que trabajar es menos aburrido que divertirse.

Jamás es excusable ser malvado, pero hay cierto mérito en saber que uno lo es.

Para conocer la dicha hay que tener el valor de tragársela.

Lo que hay de embriagador en el mal gusto es el placer aristocrático de desagradar.

Lo bello es siempre raro. Lo que no es ligeramente deforme presenta un aspecto inservible.

La vida es un hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama.

¡Ay los vicios humanos! Son ellos los que contienen la prueba de nuestro amor por el infinito.

Consentir que nos condecoren es reconocer al Estado o al principe el derecho de juzgarnos, ilustrarnos, etc.

La irregularidad, es decir, lo inesperado, la sorpresa o el estupor son elementos esenciales y característicos de la belleza.

El vino se parece al hombre: nunca se sabe hasta qué punto se le puede apreciar o despreciar, amar u odiar; ni cuantos actos sublimes o crímenes monstruosos es capaz de realizar. No seamos, entonces, más crueles con él que con nosotros mismos y tratémosle como a un igual.

A propósito del sueño, aventura siniestra de todas las noches, puede decirse que los hombres se duermen diariamente con una audacia que parecería incomprensible si no supiéramos que es el resultado de la ignorancia del peligro.

Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras: inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias.

¡Yo soy la herida y el cuchillo! 


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