enero 26, 2011

JORGE LUIS BORGES

0 comentarios

Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.

He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz.

La belleza es ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica.

Antes las distancias eran mayores porque el espacio se mide por el tiempo.

Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.

Quienes dicen que el arte no debe propagar doctrinas suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas.

He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola.

La duda es uno de los nombres de la inteligencia.

Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.

Me gustaría ser valiente. Mi dentista asegura que no lo soy.

Estoy solo y no hay nadie en el espejo.

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.

Dicen que soy un gran escritor. Agradezco esa curiosa opinión, pero no la comparto. El día de mañana, algunos lúcidos la refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o chapucero o de ambas cosas a la vez.

Las tiranías fomentan la estupidez.

El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.

La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.

Quizá haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones.

Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos.

La paternidad y los espejos son abominables porque multiplican el número de los hombres.

He firmado tantos ejemplares de mis libros que el día que me muera va a tener un gran valor uno que no lleve mi firma.

Si tienes algo que decir, dilo.

Se aceptan quejas, reclamaciones y críticas constructivas. Tarjetas, no.