abril 15, 2011

MARIO BENEDETTI

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Acá hay tres clases de gente: la que se mata trabajando, las que deberían trabajar y las que tendrían que matarse.

Yo amo, tú amas, él ama, nosotros amamos, vosotros amáis, ellos aman. Ojalá no fuese conjugación sino realidad.

La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué la recuerdo actualmente con más claridad que nunca.

Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda.

Un sociólogo norteamericano dijo hace más de treinta años que la propaganda era una formidable vendedora de sueños, pero resulta que yo no quiero que me vendan sueños ajenos, sino sencillamente que se cumplan los míos.

Un torturador no se redime suicidándose, pero algo es algo.

Después de todo la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida.

El amor no es repetición. Cada acto de amor es un ciclo en sí mismo, una órbita cerrada en su propio ritual. Es, cómo podría explicarte, un puño de vida.

Aunque nos olvidemos de olvidar seguro que el recuerdo nos olvida.

No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando), ya te dije que el mundo es incontable.

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas.

Cuando un dueño de la tierra proclama: "¡Para quitarme tal propiedad tendrían que pasar sobre mi cadáver!" debería tener en cuenta que, a veces... pasan.

Yo no sé si dios existe, pero si existe sé que no le va a molestar mi duda.

Cuando el infierno son los otros, el paraíso no es uno mismo.

¡Si uno conociera lo que tiene, con tanta claridad como conoce lo que le falta!

La infancia es a veces un paraíso perdido. Pero otras veces es un infierno de mierda.

Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo.


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