mayo 05, 2012

EL DIARIO DE POLO

0 comentarios

EL OLFATO

Nací en el cuarto mes del año 2011 o al menos eso dice el calendario. De esa época sólo recuerdo olores, sobre todo el de mi madre, que olía a atardecer tumbado sobre la tierra con una mezcla de canela y briznas de hierba recién cortada. Aún recuerdo la sensación de la leche tibia bosándose en mi boca cuando me aferraba a su seno, era como abrazar el tronco de un árbol mientras sientes la brisa primaveral peinando las ramas más altas, como dormitar recostado en la corteza sintiéndote a salvo, tranquilo, durmiendo una y otra vez al cobijo de su sombra, notando la vida palpitando por dentro.

También recuerdo a mis hermanos. Estábamos continuamente juntos, arremolinados, y normalmente yo terminaba debajo de todos. La verdad es que no me importaba, me sentía muy a gusto envuelto en el calor de sus cuerpos, por mucho que soñaran dando patadas de vez en cuando o me dejaran sólo un hilito para respirar: con eso bastaba.

No sabría decir cuántos eran pero cada uno emanaba un olor diferente. Por ejemplo, estaba el que olía a terciopelo y cobre; el que tenía un toque más salado y espumoso como una ola rompiendo sobre la orilla a media mañana; aquél otro que, además de hierro mojado, tenía también una pizca de café triturado con cereza madura; o el que olía a virutas de manzana con musgo y algas. Al principio no pude ponerles caras, más no me hizo falta: memoricé sus olores a la perfección. De ese modo, si alguna vez me perdiera o nos separáramos, podría siempre volver a encontrarlos. Aunque nunca hizo falta.

EL TACTO

Por aquel entonces dormía del tirón, excepto cuando un movimiento en mi estómago me despertaba anunciándome la hora de buscar a mamá para que me diera a beber ese líquido tan preciado y calentito. Si era capaz de dormir tan plácidamente era por el roce de mi cuerpo con los de de mis hermanos, tan suaves y esponjosos como un lecho de algodones. También  encontraba el alimento de esa forma, palpando con las zarpas extendidas el límite del pelaje de mi madre, ese lugar donde se hace cada vez más fino, notando su vientre, su pulso, su energía. Aquellos tiempos fueron maravillosos pese a no recordar casi nada.

Más adelante empecé a distinguir otras texturas que poco a poco fui asociando a los olores de cada una. La más destacable era la de dos personas jóvenes cuya presencia nos acompañaba la mayor parte del tiempo. Eran un hombre y una mujer, cosa que pude diferenciar por su tacto. La piel de ella era tersa, frágil, de una suavidad indefinible, con olor a una sustancia acuosa, salada, mezclado con arena y savia. El de él, en cambio, era un olor mucho más fuerte con la piel ligeramente áspera, más gruesa y con más pelo cubriéndole el cuerpo.

A pesar de eso tenían algo en común: su pulso tranquilo conseguía dormirme casi con tanta rapidez como cuando mi madre me arropaba entre sus patas. Tenían algo que me hacía sentir protegido, algo que nunca olvidaría: a pesar de ser diferentes, nos amaban. Hasta que, un mes y medio después, nuestros caminos se bifurcaron.

LA VISTA

Habíamos pasado poco tiempo con ellos pero ya les queríamos tanto como a nuestra madre, que era muy atenta con nosotros y sabía ponernos firmes cuando nos pasábamos de listos. De pronto allí estábamos en una especie de celebración, en la ciudad de Granada, con nuestros dos amigos humanos.

Dentro de la caja no podía ver muy bien. Mis hermanos no estaban quietos ni un momento, como el pelopincho blanco y negro (con olor a hierro mojado, café triturado y cereza madura), que casi consigue ponerme nervioso. No paraba de saltar haciendo el tonto cuando se formaban corrillos de gente para mirarnos. Incluso algunas personas cogieron en brazos a mis hermanos. La mayoría de veces volvían a dejarlos en la caja. Otras veces no.

A pelopincho siempre le encantó ser el protagonista, sólo quería terminar en brazos de alguien, que jugaran con él y le acariciaran. En cambio yo me acurruqué hecho un ovillo en una esquinita, observando de vez en cuando a todas esas personas. Al cabo de un rato, sin previo aviso, estaba solo en la caja. Salí de mi estupor, me desperecé y alcé la vista, percatándome de que ya no había personas asomadas, sólo algunas pasaban de largo con bolsas, carritos de bebé y niños de la mano. De tanto tiempo que pasó me quedé dormido.

Cuando desperté vi a una mujer con el pelo recogido y ojos grandes, que parecían aún más grandes debido a su expresión de asombro. Sentí su mirada sobre mí durante un rato, intercambió algunas palabras con mi amiga humana. En un momento dado me sacó de la caja y acabé en sus brazos. Olía a sudor, papel con tinta y avena cortada. También noté su pulso ligeramente acelerado y su respiración entrecortada, lo cual me decía que había venido corriendo hacia nosotros. Fue entonces, al estrecharme sobre su cuerpo, cuando no pude evitar lamer esa mano de color sonrosado, con pequeñas cicatrices casi imperceptibles. No sabía por qué, mas tampoco me lo planteaba, pero me sentía tranquilo entre sus brazos.

Casi al instante escuché varias voces diciendo algo. Alcé la vista: unas cuantas personas nos miraban. Fue entonces cuando reconocí una de las caras: la de aquella mujer de pelo oscuro y ojos brillantes. Estaba muy cerca, inmóvil, mirándome. Ya la había visto antes: era una de las personas que se habían asomado. No obstante, a diferencia del resto, no se llevó a ninguno de mis hermanos ni se acercó a mí, tan sólo me dejó sentir su energía, a la vez nerviosa y relajada. Cuando acercó su mano para acariciarme caí en la cuenta de que su olor tenía también parte del de la mujer que me tenía en brazos, ese toque de avena con matices diferentes, como a piel de bebé y brotes de soja. Sí, olía muy bien. Esa mujer también me gustaba.

Tantas emociones, olores, caras y texturas diferentes me tenían agotado, por lo que agradecí mucho cuando volvieron a dejarme descansar en la caja. Estuvieron un rato hablando con mi amiga mientras el resto de personas iban y venían, la mayoría pasando de largo. Al cabo de no sé cuánto tiempo me encontré de nuevo en brazos de la mujer con olor a papel con tinta, acompañándonos la de los ojos brillantes. Noté la mano de mi amiga sobre mi lomo, acariciándome. Al instante me llevaron calle abajo por un paseo con árboles enormes, familias paseando y casetas con libros. Todavía no era consciente de que en ese momento empezó mi nueva vida.

EL GUSTO

I

Fuimos dando una vuelta por los alrededores, cuando en un momento dado paramos a descansar. Al rato, la mujer con cicatrices en las manos me puso una especie de arnés de color azul con huellas de perro dibujadas rodeándome el cuello y la cintura, unido a una especie de cuerda con el mismo estampado. Era bastante incómodo. Me picaba mucho pero, a pesar de mis esfuerzos, no conseguí quitármelo.

Seguimos caminando. Después de hacer otra parada para comer algo, les dio por meterme de nuevo en una caja sin rastro alguno del olor de mis hermanos. Por suerte me ayudaron pronto a salir. Estábamos en una habitación de hotel, muy cerca del paseo a juzgar por los olores que entraban por la ventana.

Pusieron una especie de papel plateado en el suelo con pienso, haciéndome recordar que estaba famélico, e intenté comérmelo sin resultado: era incapaz de masticarlo. ¡Estaba tan duro! ¡Tenía tanta hambre! Empecé a desesperarme, hasta que se dieron cuenta y lo retiraron, cambiándolo por una especie de paté marrón que devoré en cuanto lo pusieron en el suelo. ¡Estaba delicioso! Nunca había sentido semejantes sabores, me fascinaron tanto como para no pararme siquiera a analizarlos. Cuando terminé, saciadísimo, sólo me quedaron fuerzas para dormir.

Recuerdo vagamente haber despertado varias veces. En todas las ocasiones estuvieron esas dos personas a mi lado. Mi cuerpo empezó a impregnarse de su olor y, lejos de molestarme, me relajaba porque sentí que empezaba a formar parte de algo. Pasaron uno o dos días cuando noté la energía del ambiente algo más nerviosa. Mis nuevas amigas empezaron a empaquetar ropa, cepillos de dientes, jabones y calzado, metiéndolos todos en una maleta de color naranja. Pronto descubrí qué estaba pasando. Me cogieron, salimos de la habitación y terminamos dentro de un coche rojo.

El coche arrancó y empezó a moverse. Al principio el rugido del motor no me gustó nada. Parecía una bestia amenazándome, además de que la inercia me removía el estómago, el suelo se movía sin sentido aparente, lo cual me desorientaba. El trayecto duró poco, nos bajamos de él para estirar las piernas y pronto volvimos a subirnos.

Esta vez no sé cuánto tardamos en llegar al destino, lo pasé entero durmiendo sobre el regazo de una de ellas. Cuando llegamos, bajamos del coche y entramos en un piso con olor a pintura, madera y nuez moscada. Acabábamos de llegar a Archidona.

II

Allí vivimos durante mucho tiempo. Mis nuevas amigas y yo pronto nos convertimos en una manada muy bien avenida. De vez en cuando me reñían, eso es cierto, como también lo es que mi deber era aprender a comportarme para sobrevivir en el mundo que me estaba esperando.

Poco a poco me animaron a salir a la calle con ellas, donde probaba cuando podía todo lo que pillaba. Intenté cazar bolsas vacías de patatas, trozos de papel, pañuelos y migas de pan. No sé cómo lo conseguían, pero siempre acababan quitándomelo de la boca. Fue algunos dolores de estómago más tarde cuando descubrí que lo hacían por mi bien.

A la hora de comer probaba siempre algo diferente. En ocasiones era la misma comida que habían ingerido ellas minutos antes (como buen compañero, aprendí a comer el último no sin esfuerzo). Otras veces abrían unas latitas cuyo aroma hacía rugir mis tripas casi al instante, estimulando mis papilas gustativas aún antes de probarlas. Sabían a pollo con queso, paté de hígado de cerdo aderezado, arroz hervido con zanahoria e incluso llegué a probar la pasta, hecha con harina y huevo, el atún, las sardinas, la carne de ternera, la de cerdo... siempre acompañada de pienso, que en comparación tenía un sabor bastante aburrido y monótono. Desde luego nunca pasé hambre, exceptuando una vez cuando me dolía mucho el estómago. Pero se recuperó, ¡y de qué forma!

Cuando me hice lo suficientemente grande y fuerte como para salir a pasear, empecé a conocer a otros animales de mi especie. El primero fue realmente un encontronazo, yo no hacía más que pedirle juego cuando, de repente, abalanzó su dentadura hacia mí sin hincar los dientes en mi piel porque realmente no quería hacerme daño, tan sólo fue un aviso: que me alejara. Entonces empecé a aprender a no jugar con todos los perros, aunque viéramos el mundo de la misma forma.

También descubrí la importancia del paseo. Salíamos por la mañana temprano, volvíamos a mediodía, después de comer nos íbamos de nuevo y no regresábamos hasta que prácticamente caía el sol. Al principio me dio mucho miedo alejarme tanto del hogar, mas como siempre iba acompañado se me pasó pronto. Además, en los paseos la del sabor a celulosa con clorofila y arena mojada, que es con quien solía hacer los reglamentarios reconocimientos migratorios, me daba premios de vez en cuando, sobre todo si me sentaba al final de la acera, si hacía mis necesidades o si no cogía algo del suelo. Eran los mismos bocados que me ofrecían dentro de casa, cuando esperaba a que terminaran de comer o jugábamos a sentarme, tumbarme y ponerme panza arriba.

Esos manjares deliciosos tenían un millón de formas, olores y sabores diferentes. Estaban los alargados y finos, con forma de palo, de pollo o cordero con verdura y aceituna. También había algunos con formas irregulares, igualmente alargados, que podían saber a res o nervio de toro. Por otro lado, me daban otros de formas muy diversas (de hueso, redondos, puntiagudos, cuadrados...). Éstos podían saber a beicon, pescado, galleta o cereales.

Gracias a ese tipo de sabores, mucho más intensos que los de las comidas, empezó a gustarme muchísimo aprender cosas nuevas, como ir a buscar la pelota y traerla de nuevo para que la volvieran a lanzar por el pasillo o descansar en mi cama mientras ellas estaban trabajando. Cuantos más sabores nuevos probaba, más sabores diferentes sentía que me estaban esperando.

EL OÍDO

Aunque la rutina fuera algo imperante en nuestra vida, de vez en cuando hacíamos escapadas. Nos subíamos al coche y bajábamos de él en lugares que ni siquiera sabía que existían. Como aquella vez cuando pasamos un mes entero en un apartamento donde vivían muchísimos perros con sus respectivas familias, al lado de la playa. ¡La playa! Ese lugar maravilloso donde inmensas cantidades de agua me enseñaron el sabor y el olor de la sal, un sabor muy fuerte que provoca una sed atroz. Ese paisaje de arena recortada por el océano, explanadas larguísimas donde podía excavar con mis zarpas sin hacerme daño, para terminar tumbándome en el agujero refrescándome con la arena mojada. Y es que ese mes hacía muchísimo bochorno, el sol estaba muy alto, emitiendo calor durante muchas horas.

Fue durante esos días cuando practiqué a estar tumbado en una terraza mientras ellas comían, oliendo la sal por doquier. Al principio me ponía de los nervios estando ahí parado mientras alrededor ocurrían tantas cosas: por delante mío pasaban perros de todos los olores y tamaños que ladraban, cada uno con un timbre diferente de voz; había niños haciéndome carantoñas, hablando muy deprisa como queriendo jugar conmigo; familias enteras pronunciando cada una sonidos con matices muy diferenciados como si hablaran en idiomas diferentes; mujeres con bebés que no paraban de llorar; otras con olor a pescado que proferían gritos para espantar a los pájaros; algunas transportaban comida de un lado para otro chillando las comandas desde dentro de los restaurantes; coches y motos cuyos motores de explosión invadían mis tímpanos cuando pasaban... Pero al final me resigné y empecé a entretenerme observando a las gaviotas volando en círculos alrededor de los barcos con pescadores faenando a unas leguas de la orilla.

También me enseñaron un juego nuevo. No consistía tan sólo en correr de un lado para otro, era mucho mejor, me tenía entretenido durante un buen rato. En el apartamento, mi amiga con olor a brotes de soja me daba la orden "quieto", yo me sentaba a esperar mientras ella iba escondiendo por el suelo pedazos de comida y, cuando me daba la señal, tenía que encontrarlos. Fue entonces cuando mis instintos de caza empezaron a surgir con más fuerza, cuando descubrí la capacidad de mi nariz para encontrar bocaditos deliciosos. Desde entonces no he dejado de usarla.

Esos días tomé la costumbre de salir a la terraza, un lugar que no había tenido la oportunidad de conocer antes, desde donde podía escucharlo todo. Por la mañana, después del paseo reglamentario, me tumbaba en el suelo de gres para sumergirme en el universo de los sonidos. Solían ser sobre todo personas hablando en voz baja mientras desayunaban; bañistas con trajes de neopreno y tablas de surf intentando conquistar el sonido de las olas que terminaban rompiendo en los acantilados; algún grupo de niños chapoteando en las diferentes piscinas esparcidas por la zona; perros ladrándose entre sí o protegiendo su casa; gatos gimiendo encelados; lanchas motoras recorriendo el firmamento sobre las aguas e incluso algún barco de vela capitaneado por alguien que se fumaba un cigarrillo mientras los hielos del vaso que sostenía tintineaban al compás de las aguas. Además de, cómo no, las escandalosas gaviotas que proferían gritos continuamente y se acercaron a veces demasiado a la terraza, dándome más de un susto. Estaba en mi apogeo, era capaz de sentirlo todo. Lo sabía. Lo notaba.

LOS CINCO SENTIDOS

I

Aquél se ha convertido en un recuerdo inolvidable, pero la mayoría de veces no hacíamos viajes tan largos ni nos quedábamos tanto tiempo en el mismo sitio. Solíamos ir algunos fines de semana a recorrer un camino de tierra que zigzagueaba por el monte o nos subíamos en el coche para ir a una zona cercana por donde pasaba un río.

La primera vez que me llevaron era tan pequeño, ni siquiera me atreví a alejarme de ellas. Simplemente estábamos allí y aprovechábamos para jugar con las hierbas más altas, que cazaba rodeándolas hasta que me decidía a saltar sobre ellas. Aún así, poco a poco fui haciéndome con el sitio, que no era siempre el mismo, y empecé a alejarme cada vez más de ellas, mientras se sentaban a descansar abrigadas por la sombra de árboles centenarios o se metían en el río con el agua por encima de las botas, tranquilizándome cuando no me atrevía a alcanzarlas.

En otras ocasiones se ponían a caminar bordeando el río e incluso atravesándolo, llegando algunas veces a una zona amplia donde el verde de las plantas y la transparencia del agua eran uno. ¡Era el lugar más divertido del mundo! Corría y corría en círculos sin parar, mojándome las patas, el vientre, algunas veces incluso el lomo, con ese agua fría y limpia con peces diminutos, pedacitos de musgo, ramas... Me encantaba bebérmela después de echar unas cuantas carreras o de jugar con ellas a encontrar la pelota.

Siempre acabábamos volviendo al piso, normalmente cuando empezaba a oscurecer, y yo terminaba tan cansado que echaba una cabezadita, ajeno a los ladridos de los canes advirtiendo de nuestra presencia a los amos de las parcelas, esparcidas muy próximas a ese río maravilloso. Entonces no sabía que terminaríamos viviendo en una de esas casas.

II

Fue un día muy extraño. Un día normal habríamos ido al trabajo, habríamos vuelto, habríamos paseado, jugado y comido hasta que cayera la noche, en la que dormíamos todos en el mismo cuarto. Pero ese día algo lo estaba trastocando todo. Para empezar, fuimos en coche a esa parte del río donde estaban las casas y, cuando llegamos, recorrimos la zona.

Caminamos durante unos minutos. Paramos justo antes de atravesar una puerta, cercada por un muro de hormigón pintado, cuando vi una especie de explanada llena de piedrecitas diminutas con plantas, muchas plantas, y una zona amplísima de césped asalvajado. En seguida me puse a olfatearlo todo, sobre todo el suelo, que tenía cierto resquicio a aroma de tres perros diferentes y cuatro humanos. Entonces recordé. ¡Sí! ¡Allí había estado antes! Un día me llevaron a ese lugar, lo recorrimos entero excepto el jardín, porque dentro de las jaulas estaban esos tres perros ladrando amenazantes por defender su territorio. Sin embargo, esta vez no había un solo mueble, estaban las paredes desnudas y podía sentir el polvo haciéndome cosquillas en la nariz, sobre todo cuando bajamos al sótano. Lo inspeccioné todo de cabo a rabo.

Nos dio la hora de comer, cosa que agradecí muchísimo, tantos olores me habían dejado exhausto. Al terminar fue cuando me di cuenta de la ausencia de una de mis dos amigas. Casi al instante papel con tinta me llevó a una de esas jaulas del jardín y me dejó allí, solo, con la puerta cerrada por fuera. Realmente me puse muy nervioso, sólo pensaba en salir de allí. Aunque me lanzara sobre la valla ésta permanecía impasible a los impactos, era imposible escaparse. Lo único que se me ocurrió era ladrar con todas mis fuerzas, aullándole a mi manada que volviera, que no me dejara solo.

Dos desconocidos vinieron muchas veces en una furgoneta. Entraron en la casa cargados de cajas y más cajas de cartón, muebles, electrodomésticos, maletas, mochilas y bolsas de todos los tamaños, todas llenas de cosas y más cosas. Durante muchísimo tiempo estuvieron así, entrando con bultos, saliendo sin nada. Esa situación me puso aún más nervioso, me obligó a no desistir: seguí ladrando.

Después de una eternidad, una de ellas se asomó al jardín y caminó acercándose cada vez más a esos barrotes que nos separaban. Su mano abrió la puerta, salí corriendo con todas mis fuerzas, loco de alegría, mirando a mi amiga, cuando noté el olor de brotes de soja y fui a saludarla. Acababa de llegar. Traía también un montón de cajas.

Fue después, cenando sobre el suelo de madera que cubría todas las estancias, cuando me percaté: ese era nuestro nuevo hogar.

III

Fueron pasando los días hasta que mis amigas colocaron cada objeto en un lugar, a veces cambiándolos de sitio; otras, poniendo muebles con olor a madera recién cortada, barniz y cola.

Aunque volvimos a recuperar todas las rutinas, la del paseo cambió ligeramente. Esta vez no acompañaba a papel con tinta en el trabajo, sino que mi nuevo cometido era ahuyentar en el jardín a todo aquél que quisiera entrar en nuestro territorio. A cambio caminábamos por los alrededores cuando salía el sol y volvíamos a hacerlo cuando se ponía.

Tardé en acostumbrarme más bien poco, sobre todo porque después de unos días ya había hecho migas prácticamente con todos los perros de la zona, con algunos incluso jugaba suelto, sin correa, libre. Sentía la misma felicidad que cuando encendían los aspersores, haciendo aparecer esos chorros de agua de la nada que me incitaban a morderlos, correr y jugar a salpicarme. Era tan divertido como cansado: al caer la noche dormía profundamente.

Más adelante vinieron dos nuevas amigas a pasar unos días con nosotros. Me divertía mucho con ellas quitándoles las zapatillas para invitarles a hacer unas carreritas por el césped mojado, jugando a la pelota y enseñándoles mis dotes de rastreador encontrando todos los pedazos de comida por cada rincón de la casa. Hasta que un día se fueron y desde entonces no han regresado.

Otra visita que me impresionó mucho fue tan especial como inesperada. Paseábamos, como de costumbre, cuando empezamos a oír unos sonidos irregulares muy agudos, como una mezcla entre gemido y aullido. Parecían de roedor o de gato pero no terminaba de saber de qué animal procedían. Incluso papel con tinta los escuchó, lo sé porque, cuando ya estábamos en el lugar de donde salía ese sonido, paró de pronto. Se giró y, agachándose a los pies del contenedor de basura, abrió una caja de cartón para descubrir la incógnita. Allí dentro había seis cachorros recién nacidos, a juzgar por el olor a placenta y los cordones umbilicales resecos que les colgaban del vientre. Cuando me dispuse a olisquearlos para reconocer sus olores, sin previo aviso, levantó la caja y se la dio a los dueños del bar, situado justo enfrente del contenedor, después de decirles algo. En seguida continuamos el paseo, sin embargo esta vez no hacíamos la ruta habitual, zigzagueamos acercándonos a algunas casas donde ella hablaba con otras personas. Después de unas cuantas conversaciones volvimos al bar y nos fuimos todos a casa.

Cuando llegamos ya había oscurecido del todo. Ella, con gestos nerviosos, empezó a preparar una especie de cama, como las que yo usaba, donde puso a los recién nacidos. Encendió el aire acondicionado, preparó frenéticamente una mezcla de leche de vaca y leche condensada, la metió en una bolsa después de cortarle una esquina y se la dio uno a uno a todos los hermanos, que la succionaron con todas sus fuerzas como si no hubieran comido nunca. Al rato llegó brotes de soja oliendo a gasolina con polvo de neumático. Se fue en seguida después de presentarme el olor de cada cachorro, para traer más tarde un biberón y leche en polvo.

Así estuvieron muchos días, de los cuales recuerdo poco más que a ellas entrando con biberones llenos a la habitación donde estaba la camada y saliendo con los recipientes vacíos, con toallas viejas y empapadores llenos de orina, o llenando de agua caliente una especie de bolsa de plástico grueso con tapón de rosca. Prácticamente no me dejaron acercarme a ese dormitorio, aunque en ocasiones me permitían estar allí si estaba quieto, tranquilo, lo cual aprendí pronto porque estaba deseando conocer a esos seres diminutos que tenían los ojos y oídos cerrados todavía, y olían a madre, a orines, recordándome después de mucho tiempo el olor de mis hermanos.

Pasaron los días cuando, sin previo aviso, se los fueron llevando. Vinieron muy pronto personas, siempre de dos en dos. Entraban en la habitación y salían de ella con un cachorro en brazos. Era muy curioso notar la energía que emanaban cuando se alejaban de la habitación con los pequeños: una mezcla entre la ilusión y nerviosismo de esas personas y la alegría con cierto aire de nostalgia que transmitían mis amigas más tarde, cuando ya no estaban.

Pocas semanas después dejó de venir gente. Todavía estaba con nosotros un cachorro de esa camada. Dormía la mayor parte del tiempo y le encantaba la hora de comer. No sé cómo ocurrió, pero cuando me di cuenta ya era un miembro más de la manada.

Cuando creció bastante como para correr y mordisquearme la punta de la cola, dejó de dormir en esa habitación para compartir lecho conmigo, no dejarme dormir, despertarme cada dos horas pidiéndome juego... hasta que me decidía a dormir al final del pasillo, lo más lejos posible del dormitorio. A pesar de eso me encantaba su presencia, era muy divertido, sólo pensaba en comer, jugar y dormir, sobre todo los dos primeros.

Conforme transcurrían los días, el nuevo amigo canino iba creciendo. Poco a poco comencé a enseñarle más y más cosas, todo aquello que había aprendido hasta el momento, todo lo que me habían enseñado. Jugábamos muchísimo, a veces con juguetes tirando cada uno de una punta, corriendo detrás de la pelota o sin nada, con nuestro cuerpo mientras hacíamos ruiditos de depredador y presa, corriendo por el jardín o simplemente tumbándonos a oler el viento sobre la alfombra de la entrada. Era una relación tan fácil, tan sencilla... no sabría decir cuándo comencé a sentirle como a un hermano.

De todos modos, no era yo el único que estaba enseñando algo. Con él aprendí muy pronto a tener paciencia, sobre todo cuando no quería dejar de jugar, incluso a amonestarle si hacía falta y a cuidar mis movimientos para no hacerle daño. Gracias a él los perros más pequeños no sólo ya no me rehúyen, sino que se me acercan para poder olisquearnos.

Todavía nos quedan muchos días nuevos, diferentes, rebosantes de aventuras por vivir. Y lo mejor es que estaremos todos juntos, agradeciendo con los cinco sentidos la vida que nos ha tocado.

Nuria Barea
Tercer premio del II Concurso de Relato Corto "El mundo del perro" en mayo de 2012.

Si tienes algo que decir, dilo.

Se aceptan quejas, reclamaciones y críticas constructivas. Tarjetas, no.