agosto 27, 2013

EL FIN DEL OUROBOROS

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Ella lo sabe. Dentro del fuego hay una huida, una pantalla donde proyectarse, un renacer en otro lugar sin tiempo, una nueva vida incendiada cuyo humo danza sobre el silencio que vuelve para quedarse. Por eso mismo enciende el mechero, la cerilla, la venganza. 

El papel sigue prendiéndose una y otra vez, con su luminiscencia intermitente, roja. Es la sangre del vicio que hierve mientras van reventando los glóbulos blancos, los rojos, las plaquetas, los granulocitos y agranulocitos; lo que queda del plasma se evapora al mismo tempo, en el mismo sinsentido ardiente.

Está cansada ya de caminar. Prefiere cortarse los pies y cocinarlos al punto para los buitres. Le sobra toda la carne, incluso la que le cubre el esqueleto, las vísceras, los tendones, el corazón que intenta gritar pero el sonido no llega a cruzar tantas capas de disfraces (una forma más de insonorizar una caja torácica cumpliendo la normativa vigente). O tal vez sólo sea otra tapadera más, otra mentira que añadir a su burbuja metálica o sencillamente sea una cerda faquir en realidad y le guste revolcarse entre alfileres.

Cuando la llama lo consuma todo, ella seguirá esperando. Estando sin estar, como hace siempre. Reincidente en pañuelos desgastados, en perforar espaldas con la lengua después de darlo todo, quedándose vacía como un vaso roto en el suelo de un motel de carretera a media noche. La cuestión es que la oscuridad dejará salir de una vez a los fantasmas y ella podrá gritarles que ya no tiene miedo porque tampoco existe.

Ella se apaga. Es el momento de buscar los grises, de entenderlos. El humo le responde.

Nuria Barea
Rescatado de La Libreta Azul

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