enero 08, 2014

LA CERRADURA

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Miró por el ojo de la cerradura, pero no de la forma habitual: miró de dentro a afuera. Por el pequeño orificio pudo entrever un estrecho pasillo poco iluminado, con el suelo enmoquetado azul oscuro, casi negro. Se asemejaba a los típicos pasillos de hotel cuando están encendidas las luces de emergencia, pero parecía que la única puerta era la suya, desde donde miraba. Intentó abrirla, apresurada, sin conseguirlo. Totalmente perpleja, reculó lentamente hasta dejarse caer sentada en el filo de la cama.

Aturdida por una jaqueca terrible que todavía se hincaba en su sien izquierda sin piedad, momentos atrás había despertado en esa habitación, en esa estancia vacía a excepción del colchón, ahora con las sábanas deshechas. No había un solo reloj o una ventana por donde se filtrase la luz del sol o la luna y así saber si era de día o de noche; tampoco había muebles, ni sillas, ni teléfono. Ni siquiera un espejo que pudiera por lo menos reflejarla para verificar que de verdad estaba allí, que no era un mal sueño. Ya se había asegurado de no tener arañazos ni cardenales; no le dolía especialmente ninguna parte del cuerpo, a excepción de ese taladrante desfile de pinchazos en la cabeza.

Una bombilla suspendida del techo, con los cables medio pelados, se encendía a ratos chispeando de forma impredecible. Las sombras bamboleaban sutilmente, alargándose y encogiéndose al ritmo de esa bombilla que, cubierta de polvo, emitía una luz fantasmagórica. Ella, con el rostro desfigurado por un ataque de pánico incipiente, se arrastró hasta el cabecero de la cama y se acurrucó justo en el centro, rodeando sus piernas con los brazos. Siguió con la mirada el ir y venir de su propia sombra  deslizándose por el suelo de baldosas grisáceas. Hasta que la luz, de golpe, se fue del todo. Y le entró el pánico.

Todos sus músculos se tensaron, empezó a respirar a duras penas y la cabeza estaba a punto de estallarle.

Pasado un rato consiguió serenarse y respirar con cierta normalidad, con el único aliciente de encontrar la forma de salir de allí. El aire empezó a hinchar sus pulmones por las fosas nasales hasta llenar su estómago, para después salir desinflando el vientre. Tenía que estar alerta, tenía que recordar cómo había llegado allí, pero su memoria estaba totalmente vacía, en consonancia perfecta con ese macabro cuarto hundido en las tinieblas.

De pronto le vino un recuerdo: su nombre, Lucía. Al pronunciarlo en voz alta, se percató del profundo silencio que había estado reinando todo el tiempo, un silencio que jamás había escuchado antes. Sus iris empezaron a distinguir en la penumbra y pudo ver ese halo de luz que se colaba por debajo de la puerta. Entonces se levantó. Tocó su cuello y palpó el colgante que lo rodeaba. Llevaba una llave colgando.


Nuria Barea
Agradecimientos: Ruth M. Rodríguez
Club de escritura de Verbalina


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