febrero 02, 2014

AL DESPERTAR

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Una mañana como cualquier otra, el despertador del móvil te obliga a despertarte, tienes resaca, te duele la cabeza y lo que es peor sientes que te falta algo. Rápidamente te incorporas, das un salto de la cama y vas a mirarte al espejo. Revisas enteramente cada parte de tu cuerpo, anatómicamente estas perfecto, todo esta en su sitio, los brazos bien colocados, la espalda erguida, los pies desnudos pisando el suelo... pero aún así falta algo.

Como si nada, sigues haciendo tu vida, ignorando una pregunta sin respuesta, vas a la cocina, coges una pastilla, un vaso de agua y después mientras enciendes un cigarrillo pones la televisión pero la pregunta sigue flotando en el aire deseando encontrar su respuesta. Mientras miras cómo se apaga el cigarro en el cenicero entiendes la realidad de todo. Igual que el cigarro se consume en el cenicero porque es su destino, donde luchará humeando hasta desvanecerse, nosotros necesitamos encontrar esa chispa que nos haga quemar, un mechero, una cerilla, algo que nos permita arder, que nos haga consumirnos inconscientemente en la mano de otra persona, desnudándonos como el humo de ese cigarrillo recién encendido, feliz de ser fumado porque, a fin de cuentas, ese es nuestro destino.

Cuando ves la vida así, comprendes que el pájaro necesita al árbol para vivir y el árbol lo necesita a él para alegrarle las mañanas, comprendes que las nubes y el cielo están unidos para no sentirse solos y que hasta el más mínimo detalle de todo este mundo necesita de otro para mantener su existencia y en parte su coherencia, y ese día comprendí que soledad no es la compañera de fatigas que necesito, que la verdad está ahí fuera y que quiero encenderme y arder, aunque acabe en un cenicero...


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