mayo 27, 2014

PRINCIPIO DE ABSTINENCIA

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En un día como hoy me fumaría a mi madre. O liaría a uno de mis perros en papel mientras el otro haría de filtro lleno de pelos e inhalaría sin asco, lentamente, saboreando el humo, intoxicándome con cara de boba pero feliz, como alguien que se sabe yonki y no le pesa saberlo porque no le importa ser lo que dejó de ser al convertirse en la sustancia que le hace flotar sin tener que levantar los pies del suelo.

Fumaría en pipa, en cachimba, en un yogurt sin azúcar, en un pastel de hierba, en una L tan grande que a duras penas pudiera sujetarla con los labios. Fumaría hasta que mis pulmones dejaran de serlo. Escribiendo, andando, de pie, sentada, en cuclillas, acompañada, sola, en la ducha, después de comer, corriéndome. Fumaría sin final como una catapulta directa a mis infiernos, sin transbordos y con la vuelta abierta.

Me fumaría esta línea hasta incendiar todo el deseo, incinerándome con él. Y luego, el viento que arrastra, la saciedad fundida. La calma acariciándome. La sed muerta.

Hasta aquí llegué fumándome las horas, autodestruyéndome para no afrontar que sigo viva en una sociedad enferma. Para no aceptar que yo también me contagié, que yo también me rechacé. Que vivir tiene también su lado bueno si giras la moneda, aunque los billetes vuelen más rápido que el AVE y no sirvan siquiera para llenar el cenicero.

El humo miente cuando lo crees, mientras lo creas. A la mierda con él. Al dejarlo, desaparece; pero yo sigo aquí, existiendo. Le escribiré como a una amante y antes del amanecer ya me habré ido, la cama seguirá estando tan vacía como deshecha y yo tendré el orgasmo de mi vida respirando. Mi vida respirando. La ansiedad durmiendo en el costado y yo, despierta.

La última calada fue suya, pero el principio soy yo. A partir de hoy, me pertenezco.


Nuria Barea
la [nueva] libreta azul

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