mayo 13, 2014

RÁFAGAS

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Azulean las horas detrás de la ventana,
hay un estruendo sordo de coches que destellan
al doblar las esquinas, bajo la lluvia unánime,
pasan capuchas y paraguas, luces agudas,
y en todas partes
        (en cada quicio de tu cuerpo,
en cada surco)
        se hace de noche lenta,
                        áspera
penosamente. El tiempo de los verbos luminosos
se apaga como un fruto deshuesado
y las puertas se medio abren,
                medio cierran
en una penumbra dubitativa.
Caminas por la casa con hambre de más hambre
pero todo conspira para contradecirte:
ángulos que se comban, goznes de niebla,
la cuadrícula fiel de las estanterías
        y su partida siempre en tablas.
¿En qué instante del día desaparece el día?
Lejos del mediodía y su ojo sin pestañas,
miras oscurecerse las horas, el asfalto,
        tu frente que construye
agrias fosforescencias de palabras
y dejas que la lentitud sea tuya, te amanse,
                    te remanse.
Si vinieras acá, si fueras más adentro,
oirías otra música,
    no de calle,
    no de lluvia insistente,
    no de vivos colores
                bajo la piel del agua:
una música inscrita en la red de la sangre,
en la trama de espejos de la sangre.
¿En qué momento de la noche se abre la noche?
Tibiezas corporales, instantes plegados,
                    replegados,
distancias que se anudan en el lecho expectante.
Un mundo se derrumba y otro yergue sus tallos
en el tibio lugar de la vigilia, junto a las ventanas
que ilumina, con su aliento benéfico,
el destello del sodio de las farolas.


Jordi Doce
Poesía para bacterias
(varios autores, antología de Sergi Puertas)

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