julio 31, 2014

A DIESTRO Y SINIESTRO

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En la entrada de casa hay un jardín de adjetivos
que concuerdan, en género y número de visitas,
con la puerta de un muro que comparte sin nombre
arañazos a la altura de cierta duda inconstante,
donde estira y afloja jugando a la mentira
un buzón hasta arriba de cartas sin destino.

En la encimera hay adverbios haciendo la croqueta,
cedo el paso a un pronombre a través del pasillo,
tosen artículos de contrabando en la escalera,
en mi cuarto espanto conjunciones con la almohada,
sobre la cama se evaporan las preposiciones
y la ventana sopla algunos verbos indecisos.

Vivo en un altavoz de frases que me paran el pulso,
devolviéndome a mí recordando a cualquiera
que me diera una flor después de un puñetazo.

Aprendiz en el arte de abrir la medianoche
y beber de la letra que dice demasiado,
la borrachera verbal será lo que me engorde
en este agosto aún por llegar de noches desnudándome,
tardes a un sol que se moja y se apaga y vuelve
a pillarme soñando con que sigo.

Las palabras están volviendo a amontonarse
y no quiero evitar tropezarme con ellas
aunque pudiera inmolar las fatalidades,
pues solamente han pasado tres generaciones
desde que abrí conscientemente la primera vocal
y salió un grito.



Nuria Barea
la [nueva] libreta azul

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