agosto 29, 2015

NOTAS DE PIEL EN UN BALCÓN CON VISTAS AL PARQUE

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Cuando vuelve a su tierra siempre empieza despidiéndose.

Estuvo enferma de esa vida de metal y cemento, de un paisaje convertido en escala de grises; una escala infinita que se forzó a trepar como una rata corriendo sin ir a ninguna parte. Contaba las monedas para salir y las usaba para entrar. Fue de caja en caja, de jaula en jaula, exigiendo libertad al más puro estilo Manderville. Terminaba los días nada más empezar, gritando paz y calma por las noches. Estuvo perdida tanto tiempo que acabó acostumbrándose y, al dejar de buscar, encontró una manera de salir de la espiral sin hacer(se) daño: alejarse del centro paulatinamente.

Han cambiado los años, ha mutado cien veces, pero a la hora de encajar sigue llegando a destiempo como un verso inmaduro que no aprende a soltarse. Quisiera no quererlo, no necesitar una razón de peso para caer sintiendo que forma parte de algo mucho más grande. Para dejar de decir que al nacer se equivocó de planeta. O tal vez de forma, de ser. De ser humana.

Sus oídos son desagües de un dolor muy espeso. Esas voces acuáticas podrían atorarla, su calor es oscuro si no lo identifica como ajeno. Si no se abre las venas para escribir con tinta, para dejar que salgan. Para no ahogarse ella.

Antes de irse otra vez para volver mucho más tarde, dejó una nota en su libreta de piel, entre tachones: si las piezas no encajan, haz que bailen.


Nuria Barea
la [nueva] libreta azul

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