septiembre 20, 2015

NOCTUARIO ESPACIO-ATEMPORAL

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"Pero el caso es que, a veces, también nos imagino cristalinos.
Joder: sería tan bonito. Un mundo ideal en el que todos fuéramos por ahí en carne viva -pero sin agonías, de buen rollo-; en el que no hiciera falta adivinar, sino que fuese suficiente con preguntar; yo que sé, por darle un aire mágico: entes de pura y hermosa sinceridad que tan sólo tuvieran que rozarse con la punta de los dedos para fundirse en uno solo."
Deseo, de José M. Campos (del libro Cara B)


Anoche estuve en una residencia tan laberíntica como cuadriculada, atravesada por pasillos con hileras de puertas a ambos lados, unas abiertas, otras cerradas; la gente entraba, salía, tomaba, reía, cantaba, bailaba, decía, tocaba. Era una fiesta. La música danzaba en las paredes de forma perceptible para el tacto. Caminé, jugando alegremente a esquivar codos arrojadizos, jarras llenas, cabezas saltimbanquis, pies desnudos y cigarros. Al rato, atravesé una de esas puertas.

Sentada en el cojín granate sobre un suelo de baldosas con motivos florales, me hallé en mitad de una sala diminuta llena de rostros conocidos, amigas que charlaban entre ellas y conmigo, liando uno tras otro. Yo disfruté tranquilamente y ella se sentó a mi lado.

En algún momento fuimos a su habitación, donde no encontré a su gato y nos quedamos a solas. De pie, frente a frente, callamos todo acerca de la formación de las estrellas que, por encima del techo, empezaron a reír con la voz del principito. La música seguía sonando afuera pero ese silencio compartido tenía forma de caramelo, por eso lo lamíamos con los ojos. Al primer paso que dio hacia el frente le siguió otro y después del tercero empecé a notar su respiración sobre mi aliento. Con sus zapatos casi rozando la punta de los míos, me besó. Me besó tan lento como una flor abriéndose en mis labios.

Entonces predije mi futuro enamorándose de ella y me asusté, salí corriendo por los pasillos con Bowie cantándome al oído hasta terminar sin querer en el cuarto contiguo. Una amiga preciosa tocaba el cajón flamenco con otra amiga suya igualmente afincada en Barcelona. Poco duró la conversación, pues me despedí intranquila, atropelladamente, sabiendo que había vuelto a usar la huída como excusa.

Regresé a su habitación y allí seguía, de pie, en la misma posición, estrechándose a mí como si nunca me hubiera ido. Como si no importara. Le creí y, como si fuera cierto, volvimos a besarnos.


Nuria Barea
la [nueva] libreta azul

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