junio 01, 2016

DESOBEDIENCIA INNATA

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Recuerdo aquellos tiempos,
cuando el delirio programado del sistema pretendía doblegarme
haciéndome ver más pequeña de lo que vine a ser
frente al reflejo quebrado y polvoriento que sostuvo en mi frente
proclamando ser yo para que no quisiera
ni supiera
recomponer más tarde los pedazos.

Casi lo consiguieron,
pero se equivocaron
porque mi madre me dio demasiada luz al nacerme.
Con ella escudriñé los pilares del mundo,
empezando por mí. Directamente, sin filtros, horrorizada,
fui tragando barbaries hasta escupir tinta rabiosa
a golpe intransigente de teclado.

De ahí que la rebelión -el genio, diría mi madre-,
reventara cuando algo se volvía injusto,
hipócrita, mentira o simplemente despiadado.
De ahí mi adolescencia hurtando en grandes superficies
chatarra que dejaba después en algún cajero
donde alguien durmiera olvidado entre cajas.
De ahí que cada muro sonara a música en lata,
que cada cámara en la calle me violara el paso,
que me gustara drogarme a las puertas del juzgado
o que bastara una señal de propiedad privada
para incitarme a trepar, saltar, entrar, quedarme un rato.

Por eso aún me encanta despedirme amablemente
de los agentes de la ley y del (des)orden ciudadano,
de los psicólogos / psiquiatras insensibles, antiempáticos,
de los banqueros y políticos comerciantes del miedo
y de todas las instituciones lobotomizadoras,
como la (in)seguridad social y sus patrocinadores farmacéuticos,
con un porro incendiario echando humo en una mano
y la sonrisa abierta de par en par, disfrutándolo.

Como cuando nos atrevíamos a atravesar El Coño Inglés
sólo para follar en la sección de caballeros
y salir del probador escurriendo sus bragas,
zarandeándolas bajo la luz artificial que nos condena al juzgarnos,
como si fuera la única bandera posible -porque lo era,
y porque lo sigue siendo-:
por todo lo alto.


Nuria Barea
la [nueva] libreta azul

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