julio 15, 2016

VISITANDO A X

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Cobijarme en un hogar como si fuera un nido semiacuático cercado por el sol, donde el agua es aquello que revive filtrándose, a los pies de una perra con forma de algodón crujiente: si la acaricias es suave y blanda y dulce, si la dejas en guardia su voz gruñe y jadea y ronca fuerte. Encontrar en sus ojos la curiosidad, reflejo de mi gata más intensa, y observar nuestros mundos con las mentes abiertas, despertándose. Salir a pasear a través de la noche pisando ríos de hormigas sin querer, tan arrepentida como reincidente, mientras el péndulo lunar cuelga quieto boca abajo sobre los edificios, mirándonos fijamente.

(Con)versar con X encima de un colchón sobre lo que no se ve y sobre lo que se palpa simultáneamente, mientras ruedan películas que nos abofetean el alma e iluminan el culto a seguir observando. Darle la bienvenida a las baldosas descalzándose, desechando las prendas más inútiles. Desayunar fragmentos de vida en un rincón vegano a las tres de la tarde. Descansar. Leer un libro de poemas prestado sin permiso bajo el cielo de un julio sevillano. Ser presente.

Volver a ser paquete en la Virago, como cuando volaba sobre el rugido del motor con las piernas olvidadas y el corazón temblando. Ver caras nuevas, conocer gente distinta, escuchar a personas reflejándome. Beber una tras otra como si me calmara la sed, pero sedienta. Jugar con X a soltar a las fieras y volver a la carne sólo para morderla. Pero también besarla. Pero también lamerla.



Nuria Barea
la [nueva] libreta azul

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